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Héctor Eduardo Rodríguez Chávez (100%)
Muchas gracias, señor presidente. Este debate es especialmente importante, más allá de la segura aprobación con la mayoría de los votos de este acuerdo, como ya es costumbre en este hemiciclo, porque sin importar el razonamiento o el diálogo entre pares, hay una directriz y esa directriz la entendemos. ¿Por qué es importante? Porque esta discusión entraña dos formas distintas de ver el desarrollo del país. La primera, de la cual hemos oído ya cinco intervenciones, es la que ha transitado al Ecuador como la mayoría de países de la región, históricamente se ha caracterizado por ser primario exportador, dependiente de la exportación de su acervo natural, en forma de productos agrícolas, de minería, de petróleo, incluso de mano de obra, de comodities. La otra, en cambio, busca un país intensivo en conocimiento y en tecnología, como base de su economía. Una forma distinta de entender el desarrollo. Cuando somos primarios exportadores, el acervo productivo tiene la característica de ser limitado y en gran parte irreemplazable. Si no, pregúntenle a las comunidades afectadas por las minas, que son los espacios donde más se receta inversión extranjera. Los costos de entrada en los negocios primarios, en los negocios extractivistas de gran escala, hacen imposible la democratización de los medios de producción y más aún sus ganancias, a menos que exista un Estado independiente y con principios progresistas para la redistribución de la riqueza, lo cual ha sido la excepción y no la regla, que es precisamente lo que pasa hoy. El sector agroexportador ha sido patrimonio de familias de terratenientes, dueñas de los segmentos de mercado, concentradoras de oligopsonios, mercantiles que son los canales únicos para exportar estos productos de poco valor agregado, como el banano, como el cacao, como el camarón, sí, importantes en la economía nacional, pero primaria al fin. Mientras otros mercados de escala intermedia apenas surten el mercado nacional bajo medidas proteccionistas y muchas veces fruto de botines políticos de negociaciones sobre cuotas de poder, dando como resultado la concentración de riqueza y producción en esos bienes. Ecuador no comercia, Ecuador sobrevive vendiéndolo básico y comprándolo complejo. Exportamos banano, importamos tecnología, eso no es desarrollo, es dependencia. No hay diversificación productiva, hay repetición histórica, señores. Ecuador ha aceptado su papel periférico en el orden mundial, por el lado de la producción, la especialización de los productos ganadores, sí, el banano, nuevamente, el gran ganador de este y de otros acuerdos. Primario exportador, secundario importador y terciario observador. La consecuente reprimarización de la economía es evidente, es fruto de los términos de intercambio, de estos que generan baja productividad sistémica para el común de la gente y gran concentración primaria del ingreso. No reparten bien las riquezas. Competimos por bajos salarios o queremos competir por bajos salarios. Ventajas comparativas y ventajas competitivas son el mantra que vende nuestra biodiversidad, nuestros saberes ancestrales e hipoteca el desarrollo distinto en el largo plazo. En lo local, la matriz productiva ecuatoriana privilegia la intermediación, sí, hace ricos a chulqueros, a mercachifles y a intermediarios de la economía del casino. Anatocistas, mercachifles digo, sí, en definitiva han vuelto al país donde su élite está extremadamente cómoda en su zona de confort y no invierte ni siquiera el 0.5% de su PIB, ni siquiera el 0.5% de su PIB en actividades de investigación y desarrollo. Lástima que se fue el asambleísta serrano. Pero uno de los pilares del crecimiento de Corea fue precisamente llegar al 5% del PIB, 5% en actividades de investigación, desarrollo e innovación y más del 5% del PIB en actividades de educación intensivas en conocimiento. Y parte del desarrollo se justifica por el proteccionismo interno que tuvo Corea precisamente para dar el salto hacia el desarrollo. Los resultados de las políticas neoliberales apuntaron a que los excedentes de la explotación primaria se orienten en un patrón de consumos de bienes importados, haciendo que los intermediarios sean los ganadores. Cuando un país importa el doble de lo que exporta en términos de intercambio, el país sale perdiendo en el largo plazo. El déficit comercial de alto valor agregado o de productos de alta intensidad tecnológica no es una cifra técnica, es una señal de debilidad estructural. Desde un enfoque de política económica comparada encontramos una constante. Los países que tienen unos altos niveles de desarrollo son los que mayor concentración tecnológica tienen tanto en sus exportaciones como en sus importaciones por las cadenas de suministro. Uno de ellos es Corea. Y efectivamente, efectivamente, los países que no optaron por este camino son los países que más primarizaron su producción, excepto Canadá y Australia. Pero la realidad es que la población disfruta de mayores ingresos cuando la economía es más intensa en conocimiento. Esto lo señalan tres premios Nobel de economía en 2025, Moïc, Philippa Giong y Peter Howitt. No lo dice un asambleísta con ganas de ver a su país desarrollarse intensivo en tecnología. Ha-Ho Chang, un célebre economista surcoreano, describió la paradoja de patear la escalera y aplica para aquellos países que alcanzaron niveles altos de desarrollo. Nos venden acceso a su mercado, pero nos postran en condiciones de productos primarios. En contrapartida, abrir los mercados sin fortalecer la producción local y salvaguardear las industrias nacientes más intensivas en tecnología, como la electrónica o el software, es abrir la puerta a la dependencia o simplemente darle el trato a una MIPIME, un trato igual, en el portal de compras públicas, a una MIPIME Cuencana que a una MIPIME, ni siquiera a una MIPIME, a una gran empresa coreana va a ser la tónica de esta negociación. No es un acuerdo entre iguales, es una economía industrial frente a una economía primaria. Y ahí está la diferencia de nuestras visiones. Se trata de cambiar las condiciones estructurales del desarrollo por el lado de la revolución ciudadana o perpetuarlas bajo la lógica de la complementariedad que disfraza esa visión de las ventajas comparativas como un mantra de desarrollo al infinito. Pero quiero decirles también los premios Nobel, los mismos premios Nobel que señalé, desvirtúan aquel mantra de que a mayor aperturismo comercial hay mayor desarrollo. Esto se ha demostrado en la ciencia económica que es mentira. Este acuerdo no transforma la economía, la congela en su estado más débil. Lo digo con conocimiento de causa en la materia de propiedad intelectual. Al ir más allá de las normas ADPIC, lo que hacemos es criminalizar el intercambio de semillas, reproducir una película o la comercialización de una camiseta sin autorización de la casa matriz. Pero lo peor está en la extensión de los datos de prueba para medicamentos, privilegiando el capital sobre la vida misma. La extensión de patentes y modelos industriales que no permiten el denominado catching up o emparejamiento tecnológico se vuelve la tónica de este tipo de acuerdos que son estructuralmente contrarios a la visión que planteó el pacto social en la Constitución. La industrialización y la tecnificación de la economía se debe entender como un acto profundo de democratización de una sociedad. economías de rápida industrialización como la propia Corea del Sur, Singapur, Vietnam y el propio Israel han privilegiado un enfoque de igualdad de oportunidades y políticas de Estado en fomento de su potencial tecnológico. Esa es la mejor forma de democratizar una sociedad, industrializándola, tecnificándola, porque genera más oportunidades. Obvio, a ello debemos sumar el entorno geopolítico y un ingrediente fundamental en el patrón de especialización. Una de las estrategias utilizadas por la propia Corea del Sur fue la política industrial activa, privilegiando los incentivos hacia sectores ganadores de la economía. Acá no tenemos, bueno, excepto el banano.