Buenos días, buenos días a todos. Hace tres meses me paré frente a este mismo pleno y les dije algo que aún sostengo con toda mi alma. Aquí se viene a servir a Ecuador, no a servirse de él. Hoy me paro frente a ustedes para decirles que, a pesar de que tiempo se acortó, cumplí. El día que este pleno me eligió presente, llegué a casa esa noche y me senté en silencio y pensé, estoy listo para esto, porque este no era un cargo cualquiera y yo era un hombre que nunca había elegido nada de esa magnitud. Sentí algo que no suelo confesar fácil, sentí que el peso era enorme. Ese tipo de responsabilidades que no te dejan dormir, que te recuerdan a cada momento que millones de personas confían en que no vayas a fuera. Y antes de que pudiera siquiera empezar, me operaron la presidencia dos veces. Mi primera intervención desde este cargo no fue un discurso de bienvenida, fue para defenderme. Ese día entendí algo que nadie me había enseñado, que liderazgo no empieza cuando desaparece el miedo, empieza cuando actúas a pesar de él. Y acué. En estos 13 meses dirigí la Asamblea Nacional con errores que reconocié públicamente, porque los errores que no se reconocen se encuentren en mentiras. Y en cada pulso, en cada decisión difícil, me guío siempre, siempre y se lo correga. No porque sea perfecto, sino porque le dije desde muy joven que la conciencia tranquila vale más que cualquier cargo. Le damos con propósito, construimos con seriedad, dejamos leyes que van a cambiar vidas de personas que nunca sabrán nuestros nombres. Y eso, precisamente eso, es lo más hermoso que puede pasarle a alguien que le dio servir. Que el trabajo quede, aunque el nombre se olvide. Y contra todos los pronósticos, y aunque todavía falta mucho, demostramos que sí se puede lograr la gubernabilidad. Que sí se pueden jugar las cosas que el país necesita. Que sí se pueden hacer las cosas de una manera diferente. Pero también hay algo desde aquí adentro que no puedo callar. Vi de cerca como el bloqueo sistemático. El no por el no, el obstáculo como estrategia. Le cuesta al país más de lo que cualquiera está dispuesto a admitir. Y eso no se combate solo desde esta institución, sino desde todos los espacios donde la gente honesta decide estar. Desde cada lugar donde alguien elija al país, por encima del partido. La gente, por encima de la ideología. El futuro, por encima del ego. Esta convicción, esta convicción también me traigo hoy aquí. Este día, en mi pérdida como presidente de la Asamblea Nacional, también dije algo más. Que la política debía ponerse al servicio de la gente y no al servicio de sí mismo. Hoy, presento mi renuncia irrevocable a la presidencia de la Asamblea Nacional del Ecuador. Esta es una decisión mía, tomada con la misma convicción con la que he tomado cada decisión importante de mi vida. No me voy vencido, no me voy cansado. Y lo repito, lo repito, lo repito, lo repito. No me voy vencido, no me voy cansado.
No me voy vencido, no me voy cansado, me voy entero. ¡Me voy libre! ¡Me voy libre! Me voy porque creo profundamente que los ciclos tienen su momento justo. Y el mío aquí es hoy. Ahora quiero hablar de Quito. Porque Quito se amanece. Llegué a esta ciudad hace 5 años con el calor de Guayaquil todavía en la piel. Y Quito me abrió sus puertas. Me enseñó que la grandeza no hace ruido. Que la grandeza no hace ruido. Hay la dignidad de esta ciudad que no necesita demostrarse porque se siente. Quito. Querida Quito. Gracias. Gracias por el hogar. Gracias por enseñarme que este país es más grande que cualquiera de nosotros. Y ahora, y ahora, amiguitas, regreso a Guayaquil. Regreso al lugar donde crecí, donde aprendí lo que soy, donde la vida me formó antes de que la política me encontrara. Vuelvo con la misma sed de siempre y con la convicción de que el servicio no termina cuando se deja un cargo. Solo cambia de forma. Regreso al río, al calor, al ruido, a esta ciudad caótica, generosa, imposible, que te exige todo y te da más de lo que cualquiera se merece. Y a salivistas, desde el lugar que me tengo que estar, voy a darlo todo, como siempre lo he hecho. Ahora quiero compartir un saludo muy personal de quienes me han acompañado durante todo este tiempo. Romina, me leíste cuando esto no era una idea. Fuiste mi ancla cuando el cargo me jalaba para todos lados y mi calma cuando yo no encontraba la vida. Me acompañaste en incertidumbre, en la duda, en los días en que el cargo pesaba más de lo que cualquiera podía ver de afuera. Gracias, Romina, aunque yo sé que un gracias no es suficiente, pero lo que tengo, te lo doy con todo. Oliver y Vitoria, en mi primer discurso les dije que mis hijos me estaban mirando desde casa. Que esas miradas eran las que yo no podía ver. Hoy puedo decirles, viendo los ojos, no los he fallado. Y les prometo que esa va a seguir siendo mi forma de decidir en todo lo que haga. Porque al final, ningún cargo vale más que poder volver a casa en paz. Ahora quiero hablar de mi equipo. Y necesito que me escuchen bien porque eso no es un agradecimiento de protocolo. Hay personas en este mundo que dicen que a nadie les realiza nada. Que llegan temprano no porque alguien les pida, sino porque les importa. Que trabajan en silencio, sin aplausos, sin titulares, sin que nadie pronuncie su nombre. Y que aún siguen lo mejor que tienen todos los días porque creen que es algo más grande que ellos mismos. Eso fue mi equipo durante todo este tiempo. Guantaban mis exigencias, mis madrugadas, mis cambios de último momento. Y nunca, nunca me fallaron. Trabajaron para este país que les debe más de lo que se sabe. Y a mí me enorgullece poder decir que estuve rodeado de gente mejor que yo. Muchas gracias. A los asambleísticos que apostaron en mí desde el primer día que confiaron cuando todos dudaban. Que me dieron la oportunidad de demostrar que la política puede ejercerse de otra manera. Gracias por la confianza. Gracias por el respaldo. Y gracias, sobre todo, por los momentos en que me sacaron. Cuiden lo que construimos, no lo dejen caer, que todavía hay mucho gusto. A los asambleísticos de oposición. A los que batieron con ideas y con altura. Y a los que más de una ocasión me dieron la razón, aunque les costará confirmarlo. Les tengo un respeto genuino y ganado. La democracia no funciona sin ustedes. Y espero que la oposición que ejerzan de aquí en adelante sea siempre a la altura de lo que este país merece. Firme. Honesta. Con argumentos. Porque una buena oposición no debilita a una nación. La hace más grande. A Michelle, la nueva presidenta de la Asamblea Nacional de la República del Ecuador. Señor, serás un excelente trabajo. Y quiero decirte algo con mucho respeto y con muchísimo cariño. Entrego a la Asamblea sus puertas abiertas para que nunca más vuelvan a hacer trase. Por ideologías, ni por mayorías. Ni por miedo a escuchar al que piensa distinto. Muchas gracias, Michelle. Sé que lo harás excelente. Al presidente Daniel Novoa. Hemos caminado juntos en tiempos difíciles con una convicción compartida. Que el Ecuador necesita cambios profundos, urgentes y valientes. Desde ese espacio, siempre busqué hacerse lo correcto. Ser leal con nuestra gente, con el país, con el proyecto que empuja al Ecuador hacia adelante y también con mi presencia. Este país no necesita políticos, proyectos. Necesita seres humanos honestos. Gente que sienta lo que dice, que sostenga lo que cree y no confunda el poder con el propósito. Y aunque muchos posiblemente cuestionen y estén sorprendidos con mi decisión, que sepan que me voy a una tranquilidad que me comporta. Porque cada paso que di en el servicio público, le he dado un pleno. La vida y este país me enseñaron algo desde pequeño. Que en los momentos más difíciles no viene a romper. Bien, a mostrarte lo que está hecho. Yo ya sé muy bien de qué estoy hecho. Estoy hecho de trabajo, de carácter y de un amor profundo por este país. Y si ya lo aprendí en estos años, es que uno no va cambiando desde afuera. Hay que entrar, hay que hacerse cargo, hay que poner el nombre del tiempo y la tranquilidad propia al servicio de algo más grande. Eso hice en el turismo, eso hice en esta Asamblea Nacional. Y eso voy a seguir haciendo desde donde sea que me toque estar. Gracias a esta Asamblea Nacional, gracias a quienes copiaron, gracias a quienes exigieron, gracias a quienes criticaron con honestidad, gracias a quienes creyeron que esta institución podía ser mejor. Servir no depende de una silla, depende de una decisión. Y mi decisión sigue siendo la misma de siempre. Servir al Ecuador con todo lo que soy, ahora desde mi ciudad, Guayaquil. Hasta pronto.